Como si no lo supiera…

Quizá no me miro bien en el espejo, o quizá sea mi vista la que me engaña. No quiero

pensar que es mi macabra mente la que distorsiona la realidad. Me rebelo con Dios y

con la maldita vida que en estas circunstancias no vale un pimiento. No quiero ver a

los míos, ni que nadie me festeje. Cumpleaños, día del padre, ni que leches. Si con esta

enfermedad maldita he perdido hasta la ilusión de sentirme una persona completa,

plena.

Sí, me siento derrotado, me siento desilusionado. Me siento ultrajado y traicionado

por mi miserable destino. Yo que juraba salud a los ochentas, y ahora, nada, a tan corta

edad, ya tengo el estigma del caos tatuado en la frente. No me abracen, ni me besen.

No quiero su compasión que parece afrenta. No quiero sentirme como basura que se

recoge por el servicio municipal porque estorba, porque se pudre. Sí, estoy

convencido de que me pudro por dentro, de que mi mejor defensa es alejarme de

todos ustedes, porque estoy marcado, porque tengo la peste, porque mejor debiera

estar en cuarentena.

Cuento solamente con cincuenta y nueve y un maldito diagnóstico de cáncer en el

pulmón izquierdo. El infeliz médico ya me explicó en tema de la metástasis, de la vida

que me espera. Me recordó, el muy sabiondo, que mi error fueron los cuarenta y

tantos pegado a la colilla de la muerte; mis décadas adicto al otro extremo de la

seducción de Belcebú que se consume lentamente y del que emana un aviso ominoso

en forma ondulada. ¡Como si no lo supiera! Como si no lo hubiera pensado todas esas

madrugadas en las que me levanté a fumar, en las que interrumpí el sueño por la

maldita necesidad de la nicotina, por la obsesión de darle el golpe a un par de

cigarrillos para poder continuar.

No me engañan, que los oigo especular tras la puerta, les noto la hinchazón en los

párpados de tanto llorar, o creen que no los conozco…, sí yo los vi cuando los parieron,

los eduqué, les limpié los mocos y los llevé a la escuela.

Entiéndalo de una vez. Ni yo mismo soporto estar dentro de mi cuerpo. No tengo

escapatoria, porque a donde quiera que vaya me encuentro otra vez con esa figura

fantasmagórica que veo en el espejo y que me recuerda que tengo una enfermedad

terminal, un tumor creciendo junto a mi diafragma. Sí, lo sé. El médico me dijo que el

hecho de tenerla –la enfermedad- no implica necesariamente mi muerte, que las

estadísticas y esas cosas indican que podría yo ser de esos casos milagrosos de

excepción y que, en algunos años, podrían hasta reír a carcajadas olvidando este

pequeño estorbo que la vida me dio, exactamente en el centro del pulmón. Lo sé. Pero

me va más la depresión, me va mejor la rabia, el enfrentamiento, porque las

excepciones solamente existen en las telenovelas.

Ustedes no comprenderían, así que no me juzguen. Ya siento mejoría, pero esa maldita

cara que aparece en el espejo, me da miedo, me impide razonar. Me veo muerto,

marchito, en un frío ataúd gris rodeado de gladiolas. No lo puedo controlar. Sé que

moriré pronto. Sé que los necesito. Sé que no he firmado mi testamento y que tampoco

he liquidado la hipoteca de nuestro hogar. Sé que últimamente no sólo me abstengo de

decirles que los quiero, sino que represento una figura hostil que contradice sus

tristezas. Pero en estas circunstancias, me parece una humillación comunicárselos.

Por qué no lo entienden. Por qué me abrazan. Por qué no hablamos del tema de

manera directa, así nada más, sin eufemismos, sin diminutivos. Por qué no hablamos

de mi muerte. Por qué no me aseguran que ustedes nunca se atreverán a fumar.

La verdad es que no saben cuánto les necesito. Por qué no me acarician, aunque sea

por última vez. Porqué. Por qué no me besan y nos dejamos de gilipolleces, que, al fin

y al cabo, su padre soy yo.



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