El Síndrome de la Cabaña

En Europa se habla de un ciclo  incierto de transición entre la nueva normalidad y la vuelta a la normalidad, con la población conviviendo con el coronavirus y quizá entrando y saliendo en sucesivos confinamientos para volver a reducir la velocidad de transmisión.

            En Wuhan, China la urbe de 11 millones de habitantes estuvo cerrada 76 días, el lockdown fue severísimo nadie podía entrar ni salir de la ciudad y solo había permiso  limitado para comprar víveres y medicinas.

            En España, el confinamiento inició el 14 de marzo y aunque el gobierno del socialista Pedro Sánchez arrancó una fase de desescalada que implica un relajamiento de las medidas  todavía no levanta el estado de alarma decretado vía la Constitución y esta semana pretende solicitar al Congreso una nueva prórroga del estado de alarma ya no de 15 días sino de un  mes.

Por varias ciudades del país ibérico empieza a crecer el movimiento iniciado en la calle Núñez de Balboa, en Madrid, de ciudadanos que se están echando en masa a las rúas a protestar contra el gobierno de Sánchez, pidiendo su dimisión; hay una creciente amargura por la restricción de las libertades: Madrid y Barcelona siguen en fase cero mientras las demás provincias avanzan unas a fase 1 y otras a la fase 2; lo que les permite ir recuperando su vida económica, productiva, la hostelería así como las reuniones familiares y sociales eso sí con carácter limitado.

            Ha sido un fin de semana de gente que está tomando las calles para exigir el levantamiento de las restricciones ha sucedido en Berlín, Múnich y Fráncfort; otras sucedieron en Varsovia, Bruselas y en Londres.

            La gente está cansada del confinamiento pero más harta todavía de la hibernación económica que ha dejado a familias en la quiebra, en barrios como Aluche en Madrid, hay largas colas –todos los días- de cientos de personas pidiendo ayuda para comer; y todas las organizaciones civiles  y oenegés están absolutamente desbordadas de familias desesperadas.

            Parece escenario de guerra… una diferente porque los edificios siguen en pie y no hay bombas detonadas pero el enemigo invisible ha explotado el tejido socioeconómico.

            Mientras avanzan los días y estos suman semanas que se convierten en meses de confinamiento al mismo tiempo crece como una montaña los problemas agolpados en las personas; bien porque tienen a su empresa paralizada y llena de compromisos por cubrir incluyendo salarios o  porque la fuente de sus ingresos, por ser trabajadores de nómina, se ha difuminado con e frenazo económico en seco.

            Giuseppe Conte, primer ministro de Italia, recién declaró a la prensa de su  país que Italia ya no podía esperar más ni en cuarentena, ni con más confinamientos, y que había que volver a trabajar, a producir y a reactivar a la economía porque era impensable creer que se estaría todo el tiempo confinado hasta que no surja una vacuna o un tratamiento.

            La disyuntiva es clara: la bolsa o la vida y en este caso se corre el riesgo de morirse de pobreza antes que por el virus; hay cifras que alertan, al menos en Europa, y son desde luego preliminares  de un quiebra del 30% en las micro, pequeñas y medianas empresas.

A COLACIÓN

Y desde luego no hay que obviar los daños psicológicos que está dejando esta pandemia en sociedades desorientadas qué no saben bien a bien cómo retomar su nueva realidad. Habrá que poner especial atención con las depresiones y el suicidio.

Varios terapeutas alertan que una vez la gente reactive sus  salidas a la calle y retornen a su actividad laboral, podría experimentar el Síndrome de la Cabaña.

            La psicóloga Dafne Cataluña explica que se trata de un concepto que “comenzó a utilizarse a principios del siglo XX” para describir un tipo de estado mental.

            “No es un trastorno, sino un conjunto de síntomas que normalmente se relacionan con algún miedo. En estos días de confinamiento hemos estado expuestos a una sobreinformación, un cambio de rutina, un factor externo que amenaza y aún muy desconocido; esto nos lleva a una falta de confianza a nuestro ambiente, ya nada nos parece tan seguro”, afirma.

            Cataluña es fundadora de Instituto Europeo de Psicología Positiva (IEPP) y recuerda que este síndrome hace referencia a una inquietud que se experimenta cuando “se está atrapado en un lugar durante un período prolongado de tiempo” y donde la desconfianza y la inseguridad se vuelven protagonistas.



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