En un instante

Hay quien afirma que los ángeles existen. No es que se materialicen – se dice- con alas

emplumadas tipo pajarraco amazónico, no. Ni tampoco es que tengan la hermosa

conformación genotípica de un Adonis, de una Venus de Milo, tampoco. Quienes creen

en ellos describen su existencia como una energía -acaso fugaz-, que inspira,

promueve, motiva, protege, guía y hasta ayuda.

Así la describen. Una circunstancia inexplicable que apela a nuestra esencia de

rectitud, generosidad, emoción; a esa parte intangible que los seres humanos tienen y

sienten cuando se les retuerce el duodeno, el colon, el diafragma; para sentir, para

brindarse y entregarse a una pasión, a un sueño, a los brazos de quien le haga sentir

amado, a un fin noble… Con generosidad, abandono, desparpajo, lágrimas en los ojos y

mucho flujo en las narices. Hay quien dice que si existen…

No es que yo estuviera ante una circunstancia inédita. Era una mañana tibia, junto a la

mar de la Ensenada de hace ya varios años. Por razones particulares fui uno de los

primeros en llegar. Tome mi sitio en la vieja banca de madera de la primera fila de la

Catedral. Las circunstancias eran particulares, insisto, mismas que me señalaban como

el orador designado para expresar la elegía al término de la homilía que

escucharíamos de viva voz del Obispo, quien oficiaría en conjunto con el Párroco y el

Capellán del Colegio Fray Junípero Serra.

Así, en esa situación, entre imágenes de casullas, estolas, solideos; el murmullo de

oraciones en latín y misterios dolorosos, esperaba el momento de oficiar de testigo

presencial de una vida que apenas terminaba y que, en opinión de todos los mortales

presentes, debía haberse prolongado por no sé cuántos años más.

Y era verdad. No es que estuviese ante una situación jamás vista. Muertos, misas,

cuerpos presentes, oraciones reiterativas, plegarias a lo divino, cirios e incienso

intoxicante, han estado allí en mi vida, en la suya, en la de todos, por siempre. Todos

hemos participado, en una medida u otra, en esas asambleas chocarreras que tienen

verificativo en un templo dedicado a un Dios que promete otro porvenir, que asegura

vida eterna.

El testimonio requerido tenía su grado de dificultad, pues se trataba de un ser

demasiado cercano al abajo firmante, cuya vida la dedicó, casi por completo, a una

obra noble, productiva y de altísima necesidad en nuestro País: la educación. Una vida

cuyo producto espera ser calculado cuarenta o cincuenta años después, merced al

impacto que generan las lecciones dentro de un aula escolar.

Y claro está, pues los sentimientos y el cariño entrañable …, y pues todo. Pero lo

relevante, lo que implicaba aproximarse a una explicación del sentido de una vida,

independientemente de nuestro subjetivismo de lamentaciones, era precisamente eso,

la definición de un hombre por los hechos que dejó en las páginas de su historia

particular y en especial, las páginas de otros. La descripción de un ser humano por lo

que hizo más allá de ser buen hijo, hermano o amigo. Más allá de su simpatía o

carisma. Lo que dejó –digo yo- en la línea de combate con su nombre bien escrito y

seguramente la mitad de su salud, y la totalidad de sus empeños, sus sueños y sus

ideales. Un maestro cuya vocación le llevó a convertirse en estandarte del civismo en

la comunidad.

Él no era un político famoso ni un rockstar. Él era así, como mi abuela materna, un

maestro de verdad. De primaria, secundaria; de universidad, después. Un ciudadano

mexicano que cumplía su labor de trabajar con empeño, pagar sus impuestos, mirar

por los suyos. Un compatriota que incluía a los demás y sobre todas las cosas, a su

comunidad en sus objetivos personales más elevados.

Esas eran mis cavilaciones que podía anticipar constituirían la columna vertebral de

mi discurso imprevisto que estaba a punto de iniciar. De pronto, el cura termino su

exposición y me cedió el pulpito con un ademán solemne. Subí los siete escalones que

me separaban del sitio y giré ciento ochenta grados para dirigirme a la feligresía: ¡por

los tres clavos de Cristo! ¡Lo que vi!

Fue un instante. Solo eso, un instante, en el que, de manera abstracta y automática,

pero indefectible, pude comprenderlo todo.

Quizá nunca había visto una catedral a reventar. Como si fuera una tribuna, así, hasta

en gayola, en el atrio, en el coro. Abarrotada en verdad. El silencio era sepulcral

–literalmente-. Las miradas fijas, atentas, asertivas, expectantes. Al fondo, un batallón

de niños de todas las generaciones que habían sido sus educandos, con sus sectores de

banda de guerra, sus clarines y sus parches dispuestos al redoble funerario.

Entonces, todo quedo claro. Un instante –¿un ángel quizá? -. Todos al unísono, todos.

¡Clarísimo! No se trataba de él, menos de mí. Se trataba de un hombre que trascendía

en ese instante, un hombre que de puros riñones, de puro amor al arte, de puro rigor

de estudio, había logrado precisamente eso, sembrar, modificar; provocar a los

hombres y las mujeres del mañana que entre lágrimas, mocos y berridos manifestaban

su dolor ante la partida de su héroe cívico -su santo laico-, su referente inspiracional

que seguramente contribuirá a que sus talentos se viertan en una comunidad para

construir un mejor sitio para vivir; con amor a la patria, respeto a los derechos

fundamentales; con serenidad de rendición de cuentas y respeto hacia los demás.

Y ya después todo fue descomunal... Al término de mi discurso, la bendición solemne

en latín, la marcha de guerra acompañándolo en su última salida de catedral, la

bandera tricolor que se besaba masivamente a su paso triste, solemne y sordo, con

rumbo a su destino final. El exterior a reventar, el trayecto al cementerio con una valla

interminable de la gente que se dio cita, que salió de sus casas, interrumpió su trabajo;

los comensales que dejaban sus platos humeantes para decir adiós con ademanes de

saludo a la bandera, de civismo escolar; las señoras con los críos en los brazos; todos

para darle el último adiós a un maestro de escuela que se dedicó a sus alumnos, que se

batió a muerte con la ignorancia, el desgano y la frivolidad. Un maestro que se

convirtió, sin saberlo, sin planearlo, en uno de esos héroes que cambian para siempre

la historia de una comunidad.

Fernando, el Civis -como le decían cariñosamente sus alumnos-, marchaba por última

ocasión por las calles de Ensenada, inaugurando, sin haberlo imaginado, una causa, un

ejemplo, un motivo comunitario. Allí marchaba por última vez un buen hombre que,

además, había sido mi compañero de niñez, de la juventud temprana.

Quizá los ángeles existan, quizá no. Quizá quienes impactan colectivamente -inspiran

generosamente-, tengan como único destino transformarse a su muerte, en polvo

estelar que permanece en el firmamento como un legado, un recordatorio, una

promesa por cumplir. Quizá nuestros muertos no se mueran completamente en la

medida en la que, aunque sea por un instante, puedan unir nuestra voluntad, nuestras

almas, como esa mañana de hace algunos años en la Catedral de Ensenada.



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