La torre de babel

Desde la Lerdo

Lo poco agrada, lo mucho enfada, decía mi madre. La conseja se aplicaba para muchas circunstancias de la vida cotidiana. Cuando los cariños se volvían excesivos, la sospecha de tener un interés ulterior no muy ortodoxo, hacía dudar de su autenticidad. Cuando la palabrería se utilizaba para disfrazar la ignorancia. Cuando se turnaban asuntos a comités para diluir la responsabilidad.

Para nadie es un secreto que estamos en una etapa de saturación en el conocimiento accesible y esto detona un impresionante dinamismo a la sociedad del tercer milenio. Como nunca, todos los días nos sorprendemos de los cambios y los adelantos que surgen por doquier. Según un estudio de IBM sobre mercadotecnia en la “nube”, el 90% de la información que nos llega por internet, se produjo de 2016 en adelante.

La obsolescencia planeada de artefactos y sistemas es tan palpable que si alguien estuviera alejado de la corriente de la sociedad por algunos años, como en aquella película de “El Bulto”, su reinserción sería prácticamente imposible, habría que empezar de nuevo, desde cero.

Lo que estamos viviendo es maravilloso porque ya no tenemos que desempolvar una vieja enciclopedia para encontrar algún dato, el significado de una palabra, sino que simplemente tomamos nuestro teléfono y hacemos una búsqueda rápida o consultamos a Siri. Los mapas que atiborraban las cajuelas de los carros ya no existen, fueron sustituidos casi totalmente por los GPS.

Las casetas de teléfono son cosa del pasado.

Demasiada información y demasiada accesibilidad. El resultado es ambivalente. Si bien es cierto que facilita la consulta y alivia la investigación, también contamina con su facilidad, esferas que anteriormente estaban reservadas a los conocedores y los estudiosos. La labor de los expertos se perturba tanto que ahora pasan mucho tiempo y gastan mucha energía en intentar descartar mitos y desenmascarar afirmaciones no sustentadas.

Hoy en día, la información circula con tal velocidad y profusión increíbles por las redes y medios no tradicionales, que el resultado es la imprecisión, la inseguridad y la poca credibilidad. En lugar de estar mejor informados, entramos en un pantano de dudas y sospechas. ¿Será fake news? investiga tu fuente, nos dicen. Los correos se saturan de ingresos desconocidos, ofreciendo, amenazando, proporcionando información o más bien desinformación que en lugar de hacer la vida más amable, la hace más tensa e insegura. Demasiada información asfixia la información, reza el dicho. Con razón ahora el estrés y las depresiones están a la orden del día. Con razón el salir de la casa y olvidar el teléfono equivale a aquellas pesadillas horribles en las que salía uno desnudo a la calle. Hasta se ha identificado un síndrome de ansiedad producida por el exceso de información como “sofocamiento por datos”.

La ecología social es un equilibrio que depende de cómo se manejan los cambios y cómo se administran los inventos. El justo medio es aprovecharse de los recursos respetando todos los demás factores que concurren, el medio ambiente, el prójimo, nuestro propio equilibrio físico y emocional. El entregarse indiscriminadamente en brazos de las redes, creer todo lo que en ellas transita, suponer cierto que las muestras melosas de afecto que se expresan en el feis son genuinas es pecar de una ingenuidad tremenda. Depender de la información que nos llega en el teléfono también lo és.

Demasiada información es desinformación. La abundancia degrada. Demasiado dinero es destructivo. Demasiada democracia es asambleísmo. Demasiada comida es gula. Demasiado dulce empalaga. Lo poco agrada, lo mucho enfada.



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