Perspectiva

Extrañaba las gallinas

La reunión era formal, yo intentaba que lo fuera y no era para menos, estábamos charlando con maestros que nos íban a apoyar en el programa de cursos culturales en el lugar más lejano del valle de Mexicali, el Km. 57, así se le conoce y ese nombre tiene su historia. También Colonias Nuevas o Luis B. Sánchez en el estado colindante, Sonora.

La conversación transcurría con seriedad, con entrega de currículos y planes de trabajo, pero en ese afán mío de preguntar más allá de lo que se debe o se acostumbra, ese deseo siempre de conocer a la gente, al ser humano que se oculta detrás de un rostro o de una actitud, no pude menos que preguntarle a la maestra de dibujo infantil, de dónde venía, -de Tijuana- me dijo. Y pude haberme conformado con la respuesta pero no lo hice, seguí preguntando, ¿Y qué hace usted en este alejado lugar del valle de Mexicali ?. Ella quizás se sorprendió un poco pero me contestó con claridad -Me casé y mi esposo es de aquí- Después de la respuesta, sonreí y con eso creí que mi curiosidad estaba satisfecha, pero no lo estaba. Pensaba, que al igual que yo, en otros escenarios y lejanos ayeres, también había dejado mi lugar natal para seguir al amor de mi vida, o lo que en ese tiempo de la juventud una considera que es el único amor de la vida. Recordé mis antiguas nostalgias, el anhelo del terruño, las comidas distintas, la gente con otras costumbres que nos es difícil asumir cuando nos ponemos en un plan de rebeldía y de pensar que fuera de nuestro entorno, no hay nada mejor, y todo ese bagaje de prejuicios que llevamos cargando los desarraigados, los ajenos, los recién llegados.

Continué con la revisión de los currículos y la reunión parecía llegar a buen fin, pero no podía dejar de mirar a la maestra tijuanense, lamentar su desgracia, o lo que yo creía que era su desgracia. Dejar una ciudad, con aquél universo de opciones, de teatro, de gastronomía, de frontera con California, Tijuana, pues, ciudad que enamora, que atrapa y que es, pese a todo lo que se diga, un excelente lugar para el desarrollo de un profesionista. Así es que, en un último arranque de intromisión en la vida privada de la maestra que, dicho sea de paso, nos impresionó con su energía y entusiasmo, volví a arremeter con mis preguntas.

¿ Y has regresado a Tijuana?

Ella sonrió y me dijo. Sí, pero cuando estuve varios días allá, quería volver.

Extrañaba las gallinas.

La reunión terminó y nos regresamos a Mexicali, el largo camino de ida se tornó cortísimo de regreso. Y no es que hubiéramos tomado otra ruta, simplemente que mi mirada había cambiado totalmente mi percepción del valle. Aprecié de una manera distinta las colinas del paisaje, los cerros grises azulosos que enmarcaban las planicies verdes. No pude quitar ni un momento mi vista de todo detalle, de la gente, de los canales, de las casas, algunas humildes, otras casi mansiones. El valle de Mexicali, majestuoso, enorme, orgulloso, se presentaba ante mis ojos como un tesoro incalculable que mi mediocre vista de citadina me había impedido ver por años. La soberbia de los que vivimos acá, que vamos sólo de vez en cuando y no muy seguido. Hay quienes no han ido nunca.

A lo largo de la carretera, vi vacas, borregos, caballos y hasta patos. No vi gallinas, supongo que estaban en corrales lejos del camino, pero no fue necesario verlas para entender la profundidad de las palabras de la maestra. Para comprender que si el amor por el marido la había traído a este lugar, acá en el 57 le había nacido el otro amor, ese amor que surge cuando tocas la tierra, cuando entras en contacto con la verdad absoluta de la naturaleza, la que no miente y te acoge y te acepta así con todo lo que traes y lo que te falta.

Me despedí mirando a los ojos de todos y no pude dejar de percibir detrás de su calidez, algo así como un tenue reproche que parecía decirme ¿Apenas nos conoces? Por qué no habías venido antes? También algunas señales de desconfianza, de escepticismo. Han ido tantos y son tan pocos los que regresan.

Pero yo sí voy a regresar. Sólo estuve una mañana allá y ya también, extraño las gallinas.



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