Vástagos de la Revolución
El pozo no tenía agua, y Juan se resignó a recorrer los siete kilómetros que separaban
su pequeña granja de la toma municipal. Después de haber padecido como nunca en
las últimas secas, Juan había perdido todos sus animales de carga. Echaba de menos a
la mula, pero al buey era al que más extrañaba, porque además de representar su
única opción para no arar a mano limpia, lo llevaba consigo a la toma de agua de vez
en vez, y acarreaba agua suficiente incluso para bañarse, incluso para el retrete.
Echó a andar con un movimiento mecánico, prácticamente sin conciencia de sus
movimientos, resignado a cargar los dos cubos vacíos de ida, a reventar de vuelta. La
brisa helada de la mañana endurecía sus facciones renegridas por el sol, los surcos
prematuros que atravesaban su rostro de resignación y quietud. Juan caminaba con
paso lento sobre la vereda agrietada, levantando una pequeña nube de polvo tras sus
pisadas.
Con la mano derecha, sacó del bolsillo de la camisa blanca de algodón la vieja
credencial que le otorgaron al abuelo como miembro de la Secretaría de Guerra, sin
cargo ni rango, simplemente, con el derecho a cobrar una pequeña pensión, congelada,
nominal, que nunca sufrió ajustes ni con la inflación, ni con el paso de los años. La
pensión –mas bien la credencial-, era la única recompensa de la Nación por haber
luchado de la mano con el Centauro del Norte, por haber padecido hambre, por haber
vivido hacinado en los furgones del ferrocarril tantos años, entre tanta miseria, tantas
cochinadas, por haber recibido dignamente siete balazos de los pelones, por haber
creído en el sueño de justicia que a tantos llevó a la trinchera, que a tantos entregó a la
muerte.
El abuelo de Juan, en realidad, nunca tuvo tiempo de razonar cuando se incorporó a la
bola. Simplemente, el General Villa le dijo desde su caballo que ya estaba bueno
pa’luchar, que ya tenía panza correosa pa’guantar un fusil. Ya después, con el paso de
los meses, los años, las aventuras a caballo y las batallas incesantes, el abuelo comenzó
a entender las causas de la lucha; comenzó a compartir el coraje colectivo, asumió por
fin la frialdad del asesinato -en la batalla o a sangre fría-, bajo la bandera de “mueran
los ricos, los hacendados, los explotadores”.
Como el abuelo de Juan nunca llegó a ser oficial de ningún ejército, nunca paso de ser
carne de cañón de la tropa, nunca pudo rozarse con los generales, tampoco pudo
convertirse en catrín post revolucionario, allá en los veintes, para tomar, aunque fuera
un pedazo del botín que repartió Obregón, que estructuró Calles que administraron
los que siguieron. Por eso sus hijos y nietos permanecieron viviendo allí, en la vieja
granja de dos hectáreas, barbechando la tierra, muriendo de hambre y disentería, con
el orgullo bien clavado en el pecho, de ser vástagos de la revolución.
Juan sonrió lacónico al ver la fotografía del abuelo duro y rezongón, la guardó
cuidadosamente en el bolsillo de su camisa blanca de algodón, y sin entender por que
las cosas seguían igual, siguió andando hacia la maldita toma de agua municipal.
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