No aprendemos de la historia
11 de septiembre, 1973, Santiago de Chile.- El presidente constitucional de Chile, Salvador
Allende, resiste en el palacio de La Moneda los ataques de los tanques y la aviación militar
de su propio ejército, acompañado sólo por un puñado de seguidores, los llamados grupos
de amigos del presidente, los GAP. Unas horas después y luego de un discurso radial
inolvidable por su emotividad, por su sentido democrático y civilista, Allende, que no
acepta rendirse, es asesinado por los golpistas. El general que Allende pensaba que
garantizaría la constitucionalidad y el derecho, que se había comprometido con ello apenas
horas antes, en realidad estaba conspirando desde meses atrás y encabezaba el golpe de
Estado: era el tristemente célebre Augusto Pinochet.
La caída de Allende era el capítulo final de una conspiración que había comenzado
desde el propio triunfo electoral de Salvador Allende con el asesinato del general Schneider
y que había tenido una participación directa del gobierno estadounidense, encabezado
entonces por Richard Nixon, un golpe planeado por el equipo del entonces secretario de
Estado, Henry Kissinger y financiado por importantes empresas internacionales, entre ellas
la telefónica ATT. Fue también el eslabón inicial de una larga cadena de golpes de estado
similares que derrocaron en unos pocos meses los gobiernos civiles de Uruguay, Bolivia y
Argentina.
Fueron actos terroristas, de terrorismo de Estado: las víctimas se contaron por miles
en todos esos países, la muerte, la tortura, las desapariciones forzadas fueron la norma de
una política conciente de aniquilación que uno de sus participantes (el entonces general
argentino Díaz Bessone) describió con crudeza y frialdad en una entrevista con la televisión
francesa: no podíamos, explicó, fusilar 30 mil personas, era mejor desaparecerlos; no
podíamos obtener información por vías legítimas, reconoció, había que torturar a los
detenidos para obtenerla.
Me pregunto si los golpes de Chile, de Argentina, de Uruguay, entre otros se
hubieran podido perpetrar con la saña y la impunidad con que lo hicieron sus autores, en el
mundo actual, con las comunicaciones actuales. Estoy convencido de que sería mucho más
difícil para quienes los encabezaron haber tenido éxito, pero sobre todo para quienes los
prohijaron y los financiaron haber quedado, como han quedado, impunes. Las dictaduras
fueron justificadas por la razón de Estado en el contexto de la guerra fría. Esa fue una
coartada, una máscara: lo que hubo, hay que llamarlo por su nombre, fue una orgía de
sangre y represión para mantener privilegios económicos y políticos. Nada más.
11 de septiembre, Nueva York, 2001.- Nunca se había visto nada similar. Primero
una de las Torres Gemelas, del famosísimo WTC de Nueva York, estaba en llamas, la
versión inicial hablaba de un pequeño avión que se había estrellado contra ella. Minutos
después y cuando aún no se salía del estupor, se veía, ahora sí con toda claridad y en
transmisión televisiva mundial, que un avión que avanzaba en vuelo rasante sobre la ciudad
se estrellaba contra la otra torre. En ese momento no quedó duda alguna: se trataba del
mayor acto terrorista de la historia, del más espectacular y del que mayor número de
víctimas había causado en un solo evento. Acababa esa mañana soleada de septiembre no
sólo con la vida de unas tres mil personas sino también con todo un momento de la historia
contemporánea: el mundo ya no sería el mismo y no sería mejor.
La identidad de los terroristas tampoco tardaría demasiado en descubrirse: era la red
Al Qaeda, que estaba encabezada por un millonario de origen saudita, Osama Bin Laden,
cuya familia, durante años, había mantenido negocios enormes con Estados Unidos y con la
propia familia Bush.
En torno a ese ataque hubo innmerables intereses que convergieron, que estaban
dispuestos a ir a una guerra. Hay quienes creen que la negligencia y falta de coordinación
con la que actuaron las agencias de inteligencia estadounidenses pudo ser no sólo
consecuencia de un mal diseño institucional, sino también algo inducido. Se tuvo a la mano
todos los elementos como para poder evitar, con una labor de inteligencia eficiente, que ese
terrible acto de terrorismo se cometiera. Pero nadie actuó a tiempo para impedirlo. Antes y
después, se impuso la irresponsabilidad pero también la ideología, el sentido de negocios y
de oportunidad por sobre la seguridad interior y nacional.
Me pregunto si, como país, como sociedad, hemos aprendido algo de esas
experiencias históricas. Creo que no.



