¿DESPUÉS QUÉ?

Casi para terminar la guerra. Después de haber pasado hambres, frío, luchas con piojos, ratas y

otras alimañas. Enloquecido por el estruendo de las bombas y las ametralladoras; del silencioso

penetrar del gas venenoso. De haber tenido la horrorosa experiencia de ver morir dolorosamente

a compañeros y, lo peor, ser obligado a matar en lucha cuerpo a cuerpo, el protagonista herido de

muerte, pasa a ser un simple agregado estadístico al conteo de bajas ante el armisticio y el

impersonal parte de “sin novedad en el frente”, que dio título a la famosa novela de Erich María

Remarque, publicada diez años después de concluir la Primera Guerra Mundial, conflicto que

inspiró el extraordinario relato.

Las banalidades de una tan sórdida empresa, hoy casi preponderantemente tachada de ridícula y

totalmente infundada; detonada por valores decimonónicos trasnochados de nacionalismo y

virilidad que añoraban gestas épicas antiguas, fueron también expuestas magistralmente en

“Adiós a todo eso”, de Robert Graves.

Todo, hasta lo más espantoso, puede ser resumido y banalizado.

“Hoy fue un día soleado”, apuntó Jacobo para describir desenfadado el fatídico 2 de octubre en su

noticiero.

Toda tragedia y nuestra pandemia no es excepción, puede enmarcarse en términos simplistas,

siempre y cuando no concurra un ingrediente de pérdida personal o familiar que incube un resabio

de dolor que impida expresar el perdón o revivir el sufrimiento.

Las guerras producen bajas, muertos y heridos, daños físicos, psicológicos y materiales. Las guerras

son hechas por decisiones, buenas o malas, justificadas o abusivas. Tienen un vencedor y un

vencido; aparentemente, la verdad es que todos los contendientes sufren daños. Los bandos

beligerantes en nuestra Revolución sufrieron, aunque han aprendido a convivir razonablemente,

dentro de una pluralidad convenida. Generaciones posteriores a los combatientes de la Guerra

Civil Española no han podido subsanar aún su antagonismo, expresar un perdón, ni superar su

odio.

Después de una guerra, los vencidos prudentes adoptan las condiciones impuestas por los

vencedores, adecuándose a ellas en forma que, sin perder la dignidad, les permita rehacer sus

vidas y continuar su plan personal, familiar y generacional. Eso ya pasó; a otra cosa.

Después de la pandemia, es otra cosa. El vencido, deseablemente será un bicho que no se ve; una

bolita con piquitos, reproducido y aumentado muchas veces su tamaño para hacerlo presente, en

fotografías de microscopios electrónicos, dibujos imágenes, y ahora hasta en artículos con cierto

humor, que me imagino a algunos no les hace ninguna gracia; les parecerá de mal gusto.

La pandemia y su cuarentena, o como se llama, parecen tener un final. Distante, pero previsible.

No es bueno, ni respetuoso, banalizar el hecho que la motivó, ni desestimar su importancia y

lecciones. Tampoco es adecuado ni útil perpetuar su presencia artificialmente, magnificar sus

efectos y mucho menos capitalizar sus circunstancias.

Abunda material en medios y redes sociales sobre qué hacer, cómo rehacerse, redefinirse; cómo

reorganizarse, cómo levantarse de una crisis económica y emocional, cómo recuperarse del dolor

de una pérdida, pero al fin y al cabo cada quién tendremos que encontrar el camino personal de

alivio y de búsqueda.



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